¿Por qué a veces la concentración se da de manera natural y fácil, y en otros momentos es como correr detrás de un conejo que siempre está fuera de nuestro alcance? ¿Qué nos permite estar concentrados y qué nos distrae? 

Piensa en esas ocasiones en que leías un libro increíble o veías una película que te absorbió a tal punto que no te diste cuenta que alguien te estaba llamando; o cuando jugabas un partido importante o tocabas música en un escenario y olvidaste por completo que había un público mirándote. ¿Cómo fue que lograste concentrarte tanto en lo que hacías?

La respuesta está en la escencia de “estar en la zona”, totalmente consciente de lo que estás haciendo y apagando todo lo demás. Desafortunadamente, en el mundo actual hay un sin fin de factores diseñados para atraer tu atención: música, espectaculares, anuncios, escaparates, propaganda, colores brillantes, sonidos fuertes, descripciones exageradas… Piénsalo: ¿cuántas veces -mientras lees este artículo- has atendido tu teléfono a causa de una notificación banal?

La concentración —como cualquier otra cualidad física y mental— es algo que podemos pulir y perfeccionar con el paso del tiempo, con práctica y disciplina. La manera más sencilla de mejorar la concentración es reducir el bombardeo constante de estímulos que mantienen nuestra mente saltando de una idea a otra. Para ello, el primer paso es identificar qué factores detonan tu distracción, cuáles son los desencadenantes y dónde se encuentran normalmente. 

Una vez identificados, dedica unos minutos al día —100% libres de distracciones— para ejercitar tu concentración. Apaga el teléfono, cierra los ojos, avisa a los demás que no quieres ser interrumpido. Sé totalmente presente con lo que estás haciendo en ese momento: paseando en bici, haciendo alguna tarea, comiento, realizando tus ejercicios de estiramiento. Al principio resultará muy difícil ya que hemos entrenado la mente para estar ocupada todo el tiempo, lo que estimula a nuestros sentidos a buscar distracciones para “entretenerse”. Así que esfuerzate, conecta tu cuerpo con u respiración, observando cualquier reacción “importante” que pueda resultar. 
Realiza este ejercicio un par de veces cada semana y luego un par de veces cada día. Verás que con la práctica se vuelve más sencillo y que poco a poco comienzas a disfrutarlo y a realizar tus tareas de manera más eficiente.